domingo, 10 de junio de 2018


Sensaciones de Un formato caduco

Lo que escucho, lo olvido.
Lo que veo, lo recuerdo,
Lo que hago, lo comprendo.(Confucio)

De leer siempre más de lo mismo pasé a tratar de pensar en esta pregunta: ¿Desde cuándo no cambia la manera de dar clases? La influencia de la revolución industrial en el formato de la escuela ha sido tan grande que ha penetrado cada una de sus áreas: desde la necesidad de incorporación de contenidos mínimos estandarizados hasta la homogeneización de pedagogías y criterios de abordaje.
En la perspectiva de la época indudablemente que ha sido una necesidad bien cubierta, necesidad que hoy no existe más. En un contexto de constante cambio, de ubicuidad de la información y contenidos, de la transferencia de roles de los docentes, del acentuado cambio en los tipos de trabajo, este formato “Escuela” ha quedado obsoleto y no tiene razón de ser. Pero insisto en esto: “está obsoleto” no quiere decir que no tenga que existir, sino que no tiene que existir más como es hasta ahora.
Pienso por unos minutos simplemente en la carga valorativa que se desprende de las prácticas docentes, tarea que por otro lado se encuentra en crisis no solo de formación sino de ejecución. Implantamos valores como la disciplina, el autocontrol, el sacrificio, imponemos castigos (aunque al menos ya no son físicos…) como también impulsamos los refuerzos positivos, premios al mérito, etc. Todas acciones que contribuyen a la desaparición de la creatividad en nuestros chicos y a la imposibilidad de descubrir sus virtudes, habilidades e inteligencias propias. ¿Y el estudiante? “El problema de seleccionar experiencias de aprendizaje consiste en determinar los tipos de experiencias que cuenten con mayores probabilidades de fructificar en objetivos educacionales dados, así como también de establecer situaciones que susciten o promuevan en los estudiantes los tipos de experiencias de aprendizaje que se desean.” (Tyler, 1973, pág. 67)
“Puesto que el propósito real de la educación no es que el instructor realice ciertas tareas, sino promover cambios significativos en las pautas de conducta del estudiante, es importante reconocer que todo enunciado de objetivos estará relacionado con los cambios que experimenta el alumno” (Tyler, 1973, pág. 47)
Y ya hace 20 años Gardner insiste en las Inteligencias Múltiples, tema que de alguna manera había adelantado Zubiri en Inteligencia Sentiente, y nuestros colegios siguen como si nada se hubiera dicho. Y sin ir a un territorio tan profundo como este que es solo un ejemplo entre otros tantos, pensar en cuantas cosas nos hizo cambiar internet. ¿Y a la educación? Todavía generan miradas desconfiadas los pocos intentos de aplicación en instituciones educativas estos modelos y maneras de entender y practicar la educación.
“La escuela fue, sin duda, uno de los actos de mayor imaginación que enfrentó la modernidad. En el siglo XVI, soñar con una institución donde concurrieran todos los infantes a aprender ciertos saberes complejos, con sujetos preparados para tal fin, desafió todo lo preestablecido y amplió enormemente las fronteras de la época. En el siglo XIX, este producto de la imaginación cobró cuerpo, y en el siglo XX devino aburrimiento y cotidianidad” (Pineau, 1999)
Lo tremendo de esta verdad es que desde el siglo XIX, siendo un tanto generosos, este formato no cambia ni se adapta a su época, curiosamente como nunca había sucedido en la historia: siempre la escuela se reinventó y encontró maneras de desafiar y romper con los parámetros culturales de época para empujar el horizonte de comprensión de todos los que allí concurrían. Y siempre estaba dispuesta a formar las subjetividades necesarias para que actuaran en un mundo que los necesitaba formados para actuar en él. Hasta el siglo XIX. Allí se quedó sin nafta…
La máquina de tiempo completo, siempre repetitiva, constante, monótona. La línea de producción que necesita un temperamento muy especial y particular para sostener el trabajo continuo. Los espíritus deben ser templados para que el autocontrol le gane al poco dejo de ambiciones y a la resaca de sueños de otra cosa. Repetición, siempre y todos los mismos saberes, mismos métodos. Verdades inamovibles e indiscutibles. Los valores, aparte del autocontrol, como el trabajo trabajoso, paciencia infinita, resignación, recompensa al mérito de acatar el orden establecido. Palos de un lado y zanahorias del otro.
Esto sustentado con una visión muy característica de la ciencia como verdad absoluta, con sus métodos infalibles propios y su deducibilidad infalible. La impronta epistemológica desde Bacon, Hume, Comte, Mach ha sido la marca que guía la definición de saber científico dejando por fuera de sí a todo otro tipo de saber que no tuviera las características de ser un dato puro y duro. Hasta las necesidades humanas quedan en un sustrato más bajo que las verdades científicas y el desarrollo técnico científico que, claro está, lo proporcionara la ciencia con su método. Y para esto el sujeto que lleve adelante este tipo de desarrollo debe ser el científico que solo cree lo que el objeto le dice sin pretender que el mismo pone algo de sí mismo en la observación.
Así que entonces nos encontramos con que el ideal de ciencia, sujeto y ciudadano coinciden: máquinas de tiempo completo que funcionan sobre la base de verdades absolutas cuyas subjetividades no tienen mayor relevancia. Luego muchos se preguntan cómo es que aparece un loco argumentador llamado Karl que critica extrapolando y propone imposibles…
Al aula llegó esto. Y es lo sorprendente: hubo una época donde al aula llegaban las ideas. Hubo una época donde se tomaba registro de lo que sucedía en el campo de las ideas, donde había flujo de informaciones sobre los desarrollos de la ciencia, donde de despertaban los intereses en pos de los descubrimientos acerca del comportamiento humano y de su vinculación con los procesos de aprendizaje. En el siglo XIX se sabía  que el planeamiento del currículo es un proceso constante y que, a medida que se elaboran materiales y procedimientos, se
los debe ensayar, evaluar los resultados, identificar los errores e indicar las posibles mejoras.” (Tyler, 1973, pág. 125)
. Entonces de la lectura me surge esta resolución: tengo que cambiar mi manera de dar clases.

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