Sensaciones de Un formato caduco
Lo que escucho, lo olvido.
Lo que veo, lo recuerdo,
Lo que hago, lo comprendo.(Confucio)
Lo que veo, lo recuerdo,
Lo que hago, lo comprendo.(Confucio)
De leer
siempre más de lo mismo pasé a tratar de pensar en esta pregunta: ¿Desde cuándo
no cambia la manera de dar clases? La influencia de la revolución industrial en
el formato de la escuela ha sido tan grande que ha penetrado cada una de sus
áreas: desde la necesidad de incorporación de contenidos mínimos estandarizados
hasta la homogeneización de pedagogías y criterios de abordaje.
En la
perspectiva de la época indudablemente que ha sido una necesidad bien cubierta,
necesidad que hoy no existe más. En un contexto de constante cambio, de
ubicuidad de la información y contenidos, de la transferencia de roles de los
docentes, del acentuado cambio en los tipos de trabajo, este formato “Escuela”
ha quedado obsoleto y no tiene razón de ser. Pero insisto en esto: “está
obsoleto” no quiere decir que no tenga que existir, sino que no tiene que
existir más como es hasta ahora.
Pienso por
unos minutos simplemente en la carga valorativa que se desprende de las
prácticas docentes, tarea que por otro lado se encuentra en crisis no solo de
formación sino de ejecución. Implantamos valores como la disciplina, el autocontrol,
el sacrificio, imponemos castigos (aunque al menos ya no son físicos…) como
también impulsamos los refuerzos positivos, premios al mérito, etc. Todas
acciones que contribuyen a la desaparición de la creatividad en nuestros chicos
y a la imposibilidad de descubrir sus virtudes, habilidades e inteligencias
propias. ¿Y el estudiante? “El problema de seleccionar
experiencias de aprendizaje consiste en determinar los tipos de experiencias
que cuenten con mayores probabilidades de fructificar en objetivos educacionales
dados, así como también de establecer situaciones que susciten o promuevan en
los estudiantes los tipos de experiencias de aprendizaje que se desean.” (Tyler, 1973, pág. 67)
“Puesto
que el propósito real de la educación no es
que el instructor realice ciertas tareas, sino promover cambios significativos
en las pautas de conducta del estudiante, es importante reconocer que todo
enunciado de objetivos estará relacionado
con los cambios que experimenta el alumno” (Tyler, 1973, pág. 47)
Y ya hace 20
años Gardner insiste en las Inteligencias Múltiples, tema que de alguna manera
había adelantado Zubiri en Inteligencia Sentiente, y nuestros colegios siguen
como si nada se hubiera dicho. Y sin ir a un territorio tan profundo como este que
es solo un ejemplo entre otros tantos, pensar en cuantas cosas nos hizo cambiar
internet. ¿Y a la educación? Todavía generan miradas desconfiadas los pocos
intentos de aplicación en instituciones educativas estos modelos y maneras de
entender y practicar la educación.
“La escuela fue, sin duda, uno de los actos
de mayor imaginación que enfrentó la modernidad. En el siglo XVI, soñar con una
institución donde concurrieran todos los infantes a aprender ciertos saberes
complejos, con sujetos preparados para tal fin, desafió todo lo preestablecido
y amplió enormemente las fronteras de la época. En el siglo XIX, este producto de
la imaginación cobró cuerpo, y en el siglo XX devino aburrimiento y
cotidianidad” (Pineau, 1999)
Lo tremendo de
esta verdad es que desde el siglo XIX, siendo un tanto generosos, este formato
no cambia ni se adapta a su época, curiosamente como nunca había sucedido en la
historia: siempre la escuela se reinventó y encontró maneras de desafiar y
romper con los parámetros culturales de época para empujar el horizonte de
comprensión de todos los que allí concurrían. Y siempre estaba dispuesta a
formar las subjetividades necesarias para que actuaran en un mundo que los
necesitaba formados para actuar en él. Hasta el siglo XIX. Allí se quedó sin
nafta…
La máquina de
tiempo completo, siempre repetitiva, constante, monótona. La línea de
producción que necesita un temperamento muy especial y particular para sostener
el trabajo continuo. Los espíritus deben ser templados para que el autocontrol
le gane al poco dejo de ambiciones y a la resaca de sueños de otra cosa.
Repetición, siempre y todos los mismos saberes, mismos métodos. Verdades
inamovibles e indiscutibles. Los valores, aparte del autocontrol, como el
trabajo trabajoso, paciencia infinita, resignación, recompensa al mérito de
acatar el orden establecido. Palos de un lado y zanahorias del otro.
Esto
sustentado con una visión muy característica de la ciencia como verdad
absoluta, con sus métodos infalibles propios y su deducibilidad infalible. La
impronta epistemológica desde Bacon, Hume, Comte, Mach ha sido la marca que
guía la definición de saber científico dejando por fuera de sí a todo otro tipo
de saber que no tuviera las características de ser un dato puro y duro. Hasta
las necesidades humanas quedan en un sustrato más bajo que las verdades
científicas y el desarrollo técnico científico que, claro está, lo
proporcionara la ciencia con su método. Y para esto el sujeto que lleve adelante este tipo de desarrollo debe ser el
científico que solo cree lo que el objeto
le dice sin pretender que el mismo pone algo de sí mismo en la observación.
Así que
entonces nos encontramos con que el ideal de ciencia, sujeto y ciudadano
coinciden: máquinas de tiempo completo que funcionan sobre la base de verdades
absolutas cuyas subjetividades no
tienen mayor relevancia. Luego muchos se preguntan cómo es que aparece un loco
argumentador llamado Karl que critica extrapolando y propone imposibles…
Al aula llegó
esto. Y es lo sorprendente: hubo una época donde al aula llegaban las ideas.
Hubo una época donde se tomaba registro de lo que sucedía en el campo de las
ideas, donde había flujo de informaciones sobre los desarrollos de la ciencia,
donde de despertaban los intereses en pos de los descubrimientos acerca del
comportamiento humano y de su vinculación con los procesos de aprendizaje. En
el siglo XIX se sabía “que
el planeamiento del currículo es un proceso constante y que, a medida que se
elaboran materiales y procedimientos, se
los debe ensayar, evaluar los resultados, identificar los errores e indicar las posibles mejoras.” (Tyler, 1973, pág. 125) . Entonces de la lectura me surge
esta resolución: tengo que cambiar mi manera de dar clases.
los debe ensayar, evaluar los resultados, identificar los errores e indicar las posibles mejoras.”
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